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Director:
Luchino Visconti

Guión:
Luchino Visconti y Nicola Badaluco basado en la novela de Thomas Mann

Fotografía:
Pasquale de Santis

Música:
Gustav Mahler de su Tercera y Quinta Sinfonia




   Opiniones sobre: Muerte en Venecia
   Morte a Venezia (Italia-Francia, 1971)

   Título Inglés: Death in Venice
D esde los inicios del cine la ciudad agónica, Venecia, ha fascinado a los creadores de sombras y luz. No en vano cuenta la fábula que el primer travelling se hizo sobre una góndola en el canalazzo. Y tres cuartos de siglo después el Maestro prescinde de mover el objetivo para emplear el zoom y acercarse subjetivamente a la mente de un artista burgués de principios de siglo, de un músico decadente y decaído, de un Thomas Mann trapuesto a los anales de la sinfonía. Cuando el zoom nos acerca en la mañana veneciana, sombría y oscura, a un barco que suelta un penacho negro de humo, descubrimos que nos encontramos ante la historia del acercamiento de la fealdad a la belleza, de la decadencia a la pureza. Aschenbach despierta de un sueño intranquilo y abre los ojos para ver unas imágenes que están más cercanas del lago Como, residencia del Visconti niño, que de la Venecia apestada que vamos a contemplar. En todo caso Visconti no deja de recordarnos que es SU película y que es SU expresión (en el sentido en que lo afirmaría otro maestro: Tarkovski). Por eso la siempre hiératica Mangano se asemeja tanto a Carla Erba, la madre del director. Por eso Aschenbach no puede ser otro que Visconti, en busca de la belleza que él ha perdido. Y no cabe duda de que estamos ante las mejores imágenes tomadas jamás de Venecia (y quítenme de ahí Eva, Senso, Anónimo Veneciano o lo que quieran anteponer), con un impresionante trabajo de Pasqualino de Santis. La cámara se desliza por los canales, acaricia la suave cara y el áureo pelo de Tadzio, se pierde en la inmensidad de una imágenes tan colosales como intimistas. Como siempre, Visconti es el rey de la paradoja. Y un último apunte. Pueden olvidarse de esta obra de arte aquellos que quieran verla como un puntal de las obras gay de la historia del cine. No cabe duda de la identidad sexual del Maestro, pero para verla plasmada en celuloide acudan a La caída de los dioses, Ludwing o Confidencias, porque aquí sólo encontarán amor a la Belleza (sí, con mayúsculas), al "arte griego de la época más noble". Es de agradecer que las identidades se dejen por una vez de lado para mostrar simplemente sentimientos y sensaciones, aunque no sean, de ningún modo, lícitos. Un completo goce, una experiencia estética. No se la pierdan.
David (España)

               

Fragmento de Fotograma

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Revisada: 30 de junio de 2000
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